Seattle, 26 de junio. Egipto contra Irán. El partido coincide justo con el fin de semana del Pride de la ciudad. Afuera del estadio hay banderas, música, gente celebrando. Adentro, FIFA permite las banderas del arcoíris, pero las federaciones de ambos países ya habían presentado su objeción oficial contra cualquier celebración Pride cerca del partido.
Esa escena resume mejor que cualquier estadística lo que significa ser parte de la comunidad LGBTQ+ en este Mundial.
Y hay un dato que no podemos dejar pasar: en toda la historia del Mundial masculino, ningún jugador ha sido abiertamente gay mientras competía en el torneo. Cero. En los 48 equipos de esta edición, y en todas las anteriores.
Ahora comparemos: el Mundial Femenino de 2023 tuvo 96 jugadoras abiertamente LGBTQ+, repartidas en 32 selecciones.
La diferencia es enorme, y quedarnos solo con el “no hay jugadores gay” sería contar la mitad de la historia, probablemente la mitad equivocada.
Porque sí sabemos que existen futbolistas gay jugando profesionalmente. Josh Cavallo salió del clóset en 2021 mientras jugaba activo en la liga australiana. Jakub Jankto lo hizo en 2023, jugando en la Serie A de Italia. Los dos casos demuestran algo importante: sí es posible ser futbolista profesional y estar fuera del clóset — solo que en un Mundial, parece que no.
Eso cambia completamente la pregunta que nos deberíamos hacer. Ya no es “¿por qué no hay jugadores gay?” sino más bien: ¿qué tiene específicamente un Mundial que empuja a cualquier jugador de vuelta al clóset?
La presión no es abstracta ni exagerada. Once de las federaciones que participan en este Mundial —entre ellas Irán, Egipto, Arabia Saudita, Qatar y Senegal— son países donde la homosexualidad está criminalizada. Para un jugador de esas selecciones, salir del clóset no es una decisión de carrera. Es un riesgo legal y físico real.
Pero esto no se queda solo en esos países. En Inglaterra, un lugar con protecciones legales sólidas para nuestra comunidad, el grupo oficial de aficionados Three Lions Pride anunció que no tendría presencia visible en este Mundial, por preocupación por la seguridad de sus miembros en Estados Unidos. No es solo una selección la que se calla — es toda una comunidad de aficionados cuidándose entre sí. +
Por primera vez en la historia de un Mundial, sí hay algo que se parece a una respuesta real: Pride House United 2026, espacios seguros instalados en las 16 ciudades sede de Estados Unidos, Canadá y México, pensados para que aficionados y atletas LGBTQ+ tengan un lugar donde estar sin esconderse. Con eventos, watch parties y apoyo comunitario.
Es un paso valioso. Pero también dice algo incómodo: si hace falta construir una casa segura afuera del estadio, es porque adentro esa seguridad todavía no existe para todos. Amnistía Internacional recogió testimonios de aficionados que describen este Mundial como el que más ha dejado fuera a la comunidad LGBTQ+, pese a las expectativas iniciales.
Y acá viene la pregunta que de verdad nos importa. Es fácil leer todo esto y pensar que es un tema lejano — de Qatar, de países donde ser gay sigue siendo delito. Pero también nos toca a nosotros: ¿existe hoy un espacio real para que un jugador de la Sele sea abiertamente gay?
Costa Rica fue el primer país de Centroamérica en legalizar el matrimonio igualitario. Eso es real, y es una conquista de nuestra comunidad. Pero el fútbol tiene su propia cultura, sus propias reglas no escritas de vestuario y masculinidad y todavía no sabemos si esas reglas cambiaron tanto como cambió el resto de nuestra sociedad.
La pregunta que nos deja este Mundial no es sobre otro país. Es sobre nuestro propio espejo.
¿Qué tendría que pasar para que el próximo jugador que rompa este silencio lo haga vistiendo la camiseta de la Sele?